Compresas menstruales: la invisibilidad material de la menstruación

Las compresas menstruales son uno de los objetos más presentes en la cotidianidad de la mayoría de los hogares y, al mismo tiempo, uno de los menos visibles.

¿Cuántos chicos no han visto nunca las compresas de sus hermanas mayores? ¿Cuántos de ellos no han sabido identificar ese pack de colorines al fondo del armario del aseo? Cabe preguntarse si esto, en términos generales, ha sido siempre así.

Echando la vista atrás apenas cien años, surgieron las primeras compresas manufacturadas en el mercado español, en las primeras décadas del siglo XX. Marcas reconocidas en el extranjero como Kotex (EE. UU.) se anunciaban en las páginas de los periódicos más reconocidos, aunque de una manera muy discreta. Nunca, bajo ningún concepto, enseñaban el producto en venta directamente. Esta lógica se mantuvo a lo largo del siglo XX. Si echamos un vistazo a los anuncios de CELUS (una marca española con gran presencia desde los años treinta y en las décadas posteriores), podemos apreciar cómo dibujaban una caja con el nombre comercial, pero sin que hubiera pistas de qué objeto contenía.

TAMPAX hizo lo mismo en los años sesenta, cuando se introdujo en el país. Sin duda, parte del encanto de estos productos era que pudieran mantenerse invisibles para quienes no fueran sus destinatarias.anuncio

Una entrevistada, Lola Moreno (nacida en 1949), recordaba que “los comercios tenían ese miramiento, ¿no? De poner a las mujeres en los mostradores donde se vendía la braga, donde se vendían los pañitos, donde se vendían los sostenes, ¿sabes? […] ¿cómo le vas a pedir a un hombre deme usted seis pañitos? No, es que no se los pedías”.

Tener la regla era algo normal, pero no algo que concerniera a quien no la estuviera “sufriendo” (en general, los eufemismos más comunes para referirse a ella tenían una connotación de enfermedad). La idea de invisibilidad se resaltaba de varias maneras. Por un lado, destacando que fueran fáciles de desechar en el inodoro. También se insistía en que no provocasen marcas a través de la ropa. Por último, se producían en tamaños discretos para poder llevarlas con facilidad.

“Ninguna molestia usando compresas higiénicas CELUS, de celulosa quirúrgica. No dañan ni estorban, se cambian en un instante y se disuelven rápidamente en el agua”, decía un anuncio en 1950. Por su parte, en 1967 la marca FAMOSETTE recalcaba que su compresa era “más discreta, se disuelve rápidamente, es más higiénica, es más moderna”.

Más allá de la comodidad o la innovación de la celulosa, la capacidad de estos productos de convertir la menstruación en algo invisible para el resto del mundo era el principal atractivo.

Pero ¿qué mensaje recibían las mujeres de este tipo de anuncios sobre lo que su periodo menstrual significaba, sobre el espacio que debía ocupar en la sociedad? Y, sobre todo, ¿estaba tan extendida la ocultación del sangrado en el día a día?

Quizá una pregunta previa sería: ¿realmente, desde principios del siglo XX, las compresas se convirtieron en el producto de higiene menstrual más utilizado?

Aunque introducidas en España, su uso no estaba generalizado. Los paños higiénicos hechos a mano y reutilizables eran el método más habitual para lidiar con el periodo menstrual, ya fuera por el precio de los productos manufacturados (más elevado) o por la falta de existencias en las zonas periféricas y rurales. Las entrevistas a Concepción Martínez del Cerro (nacida en 1941) y Lola Moreno Camacho (nacida en 1949), dos mujeres procedentes de zonas rurales de Castilla-La Mancha que emigraron en los años setenta a Madrid, muestran esta realidad más extendida:

“[Compresas en el pueblo] no había, no sé si habría, pero desde luego nosotros no las utilizábamos, utilizábamos paños de algodón. Entonces, yo eso lo he utilizado muchísimos años. Mi madre lo hacía de felpa, los cosía, ¿sabes? También había unos que vendían unas toallitas que vendían como de ocho o diez centímetros, eran de felpa, eran dobles y entonces absorbían, sería de algodón bueno, entonces no era fibra, porque luego me acuerdo de que compramos [ya en Madrid] como una cosa glamurosa, unos paños que eran rosas y debían de ser acrílicos, no absorbían nada. Eran muy monos, pero no absorbían nada. […] Lo que sí que quédate con esa idea de que esos rosas y azules que nos compró, que eran como un artículo de lujo, que era una cosa extraordinaria” (Entrevista a Lola Moreno).

La recopilación de anuncios en prensa también muestra anuncios de paños higiénicos y rollos de felpa que convivían con compresas, tampones y otros productos que hoy en día están presentes en nuestras casas. Sin duda, el uso de estos materiales fue desigual en función de la clase y la localización, entre otros factores.anuncio

Por último, cuando se “estaba mala”, los productos menstruales acompañaban la cotidianidad de las personas menstruantes y, mientras ayudaban a sobrellevar el sangrado, perpetuaban la idea de que la regla debía estar oculta. Igual que en el presente, las compresas revolucionaron la forma de vivir el periodo. Dieron mayor libertad de movimiento, pero también invisibilizaron aún más esa situación. Por ejemplo, haciendo que la menstruación desapareciera de espacios como los que recordaba Concepción: “iban las criadas a lavar al pozo aquel, al lavadero, y llevaban todos los paños esos ensangrentados allí para lavar de la señora”, desechándose ahora en la intimidad de los lavabos.

Son muchas las investigadoras que han denunciado la falta de reflexión en torno a los productos menstruales, así como la concepción patologizante de la menstruación. Conocer la historia de las compresas puede ayudarnos, con un enfoque crítico, a valorar sentimientos de frustración en torno a su invisibilidad. A dar forma a aquello de lo que no se habla, pero que sentimos. Como recordaba Lola, “era tu responsabilidad, el que nadie vea que lo estás pasando mal y sobre todo que nadie tenga que ver algo tan desagradable como la sangre, ¿no?”.

Autoría del texto: Elia Arce Isabel